Capítulo 6
Nuff said! Que lo disfruten.
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Forever love
7 MESES DESPUES DE LOS EVENTOS NARRADOS EN EL CAPÍTULO 5
Un relámpago rasgó el gris del cielo, iluminando la pesada cortina de agua que sin piedad caía sobre la ciudad. Como si no hubiera mañana, desde tempranas horas, una incesante e inclemente lluvia había tomado por asedio a los habitantes. Con el paso de las horas había incrementado su fuerza hasta alcanzar tintes biblícos. Tras los cristales aquellos espíritus se preguntaban cual habría sido su pecado para sufrir tal azote. Y con una mezcla de angustia y morbosidad también se preguntaban quién se atrevería a desafiar tal fuerza. Indudablemente quién lo hiciera debería ser la misma encarnación de la temeridad y la inconsciencia porque no podía haber nadie en su sano juicio capaz de plantear tal reto. Las calles habían sucumbido transformándose en ríos de naturaleza salvaje, cuya fuerza era claramente capaz de hacer perder el equilibrio a alguien. Los edificios eran ahora el bastión de grandes cascadas que alimentaban aun más a esas grandes corrientes urbanas. Aunque suma decir que muchas veces esa fuerza perdía mucha de su intensidad al llegar a su destino. Un par de relámpagos más brillaron en el cielo, infligiendo, como si no fuera posible, más temor a sus habitantes.
En medio de aquél caos, se escuchó el sonido apagado de unos pasos. Alguien corría. La chica parecía no importarle las circunstancias que le rodeaban. Los pasos se sucedieron más rápido. De repente una fuerte ráfaga de viento casi hizo perder el equilibrio a la chica. Pudo haber caído si no se hubiera visto sujetada por el talle. La chica volteó para encontrarse con el rostro de un joven, cuyas facciones apenas se distinguían bajo el fuerte torrente.
“Por favor...”, murmuró la chica al tiempo que bajaba la mirada evitando encontrarse con la de él.
El chico la miró con ojos anhelantes, buscando una respuesta en su rostro. Sus manos la tomaron por los hombros; mientras las de ella se posaban en su pecho en un gesto mezcla de dulce y penitente rechazo. Ella se alejó suavemente de él.
“Marlene...”
“Perdóname...”
“No lo digas...”
“... No puedo estar contigo. No puedo. No soy nada.”
“Eso no es cierto, y lo sabes. Lo eres todo para mí.”
“... pero no para el mundo. Y tu...”, y puso su mano sobre la mejilla de él, “necesitas pertenecer a él. Tienes tanto que dar.”
“No me dejes fuera de tu mundo.”
“No hay tal mundo, amor. Solo un feo y frío caparazón en el que he de vivir.”
“¿Por qué no puedes dejarlo atrás? Lo que eres, lo que significas para mí no depende de ello. ¿Cómo puedo probártelo?”
“No necesitas hacer más, Gil. Ya lo hiciste. Pero siempre habrá algo que me lo recuerde. No puedo dejarlo atrás.”
“Una vez te dije que no olvidaras tu pasado. Ya que es lo que nos hace ser quien somos pero no dejes que rija quien eres. Vive con ello. Quiero vivir con ello... por el resto de mi vida.”
Marlene tocó el rostro de Gil con ambas manos y lo acercó hacia ella hasta que sus frentes se tocaron. No hubo necesidad de palabras. El silencio decía más de lo que las palabras hubieran podido alcanzar a describir.
“Mi héroe... quisiera tener tu fortaleza.”
Marlene depositó un tierno beso en los labios de él, y entonces se alejó de él, esta vez para siempre. Al final, el contacto de los dedos de sus manos era lo último que los unía. Y eso acabó también.
“Adiós”, se dibujó en los labios de ella.
En un último ruego la voz de Gil se escuchó.
“Te necesito, Marlene. Más de lo que tu crees. Más allá de creencias. Más allá de prejuicios. Más allá de lo que este estúpido y vacío mundo pueda entender. Que se vayan al demonio todo y todos si no entienden que te necesito a mi lado. No hay tal fortaleza, amor. Solo una falsa imagen que esperaba por el día que llegaras. Y lo hiciste. Estás aquí. Me salvaste. Me has hecho una persona plena. Te debo todo, y tu no me debes nada. No sé si puedo hacer esto solo. Ni siquiera sé si puedo.”
Marlene se giró, dándole la espalda a Gil. Pero tal acción no tenía otro propósito más que ocultar las gruesas lágrimas, que pesar de la torrencial lluvia que les cubría de pies a cabeza, no podían ser disimuladas.
“Si te vas, ellos ganan.” La chica avanzó unos pasos. Y aunque no pareciera posible la lluvia intensificó su fuerza aun más. Un par de ráfagas de viento que azotaron con fuerza el rostro de ambos vino a dar fe de ello.
“No puedes vivir así. No con esa amargura dentro de tu corazón. No puedes. No lo conviertas en una barrera entre nosotros.”
“Tarde o temprano lo será, Gil. No puedo lastimarte...”
“No puedes lastimarme. Nunca podrás hacerlo.”
“No puedo perdonarme a mí misma.”
“No necesitas perdonarte...” e intentó tomarla nuevamente por los hombros pero la chica se hizo para atrás.
“¿No lo entiendes, verdad? No puedo vivir así. No puedo olvidar esa noche. Siempre está ahí. Y tu, y tu... me has brindado algo que siempre consideré perdido. Viste más allá de lo que era, y no te ha importado. Y eso... me asusta. Vivo con el temor de que algún día despertarás y te darás cuenta de lo que soy y entonces...”
“El futuro le pertenece al destino. El presente, a nosotros.”
“Veo los rostros de los demás, y veo sus risas en ellos. Las burlas, los comentarios mal intencionados que se suceden unos a otros. Y a pesar de que intentas seguir adelante, continuamente te recuerdan lo que eres y lo que has hecho. Y poco a poco la hipocresía y el dolor del mundo terminan venciéndote y... lo aceptas. Cuando te conocí,... me hiciste creer. Pero se ha vuelto peor desde aquel momento. Pareciera que no se me permite ser feliz. Un recordatorio de que haga lo que haga tengo una gran losa sobre mí y no podré escapar de ella. Y no quiero arrastrarte conmigo.”
“¿Y si yo lo quiero? Ir contigo...”
Marlene negó con la cabeza.
“Vivimos en el mundo, no para él. Nosotros construimos nuestro propio mundo”, y le brindó su mano en un gesto de ruego.
“Vete. Déjame atrás.”
“No puedo rendirme. No sé cómo.”
Aquella frase dibujó una sonrisa triste en el rostro de la chica. “Siempre un héroe”. Empezó a caminar hacia atrás. Su figura perdiéndose tras la pesada cortina de agua.
“Quédate conmigo...”
Marlene desapareció de la vista de Gil. Y entonces este intentó correr tras ella pero en ese la tormenta aumentó su fuerza. Era como si la misma furia de Dios se hubiera vuelto en particular contra aquel par de almas. Una serie de relámpagos se sucedieron, iluminando el cielo y dándole una atmósfera aun más trágica a lo que estaba sucediendo. La corriente subió su nivel alcanzando las rodillas de Gil. Los edificios prácticamente habían desaparecido tras esas cascadas urbanas, que bajo otras circunstancias habrían maravillado a muchos. El joven, con más voluntad que habilidad, echó a andar. El nivel de aquel río le dificultaba el andar pero el deseo de no perder lo más importante en su vida le hacía pasar aquello a segundo plano. Por un momento pensó en la posibilidad de que las cosas no salieran bien y que no hubiera desenlace pero así como tuvo aquel pensamiento, rápidamente se desvaneció. ¿Valía la pena morir por ella? Sí. Por Ella, y por todo lo que representaba.
La distancia entre ambos personajes se acortó. Gil estaba a un par de pasos de Marlene. Nada parecía obstaculizar un encuentro entre ellos cuando otra ráfaga de viento, esta vez más fuerte que todas las anteriores, golpeó a Gil, haciéndole perder el equilibrio. El muchacho se levantó e intentó alcanzar su destino pero otra vez el viento le embistió. Era como si la naturaleza también tuviera algo que decir en aquel encuentro. Una tercera ocasión hizo que Gil se cubriera el rostro, avanzando a ciegas. Marlene volteó y no pudo evitar temer por él.
“Te amo”, mientras gruesas lágrimas caían por su rostro. Visibles no obstante la lluvia. Se acercó y lo abrazó. Ambos, mutuamente.
“No importa lo que pase, o lo que diga el mundo, te encontraré. No importa cuanto tiempo tome, cuan lejos estés... te encontraré.” Por el rostro de él también escurrían lágrimas.
Y ese fue el fin. Ella se soltó de sus brazos, y esta vez, definitivamente, se perdió tras la pesada cortina de agua. Gil permaneció en aquel lugar, soportando la lluvia y el azote del viento. Pareciera que quería grabar en su mente el último recuerdo de Ella... alejándose. Se le hizo un nudo en la garganta y entonces se venció y cayó de rodillas en medio de aquella corriente, y dejando caer la cabeza, echó a llorar.
Unos segundos más el agua hubiera cubierto el cuerpo de Gil si dos pares de brazos no lo hubieran levantado a tiempo. Larguiruchos los primeros; cortos y más rollizos los segundos. Sin mucho esfuerzo, y casi en vilo, levantaron el cuerpo del joven.
“¡Arriba, soldado!”, exclamó Tania, soportando por unos instantes el peso de Gil sobre sus hombros, en lo que Dom se ubicaba en mejor posición para cumplir su tarea. Sin esfuerzo alguno, el larguirucho joven cargó con su amigo.
“¿Qué?” preguntó intrigado ante las palabras balbuceantes de su compañero.
“Déjame”
“Gil...”
“Déjame”
“Gil... eso...”
“¡Que me dejes solo con un demonio!” gritó, soltándose del abrazo de su amigo y dando tumbos mientras corría para alejarse de ellos. No se había alejado más de un par de metros cuando las piernas le traicionaron y cayó en medio de la corriente. Rápidamente el par de jóvenes se acercaron para ayudarle pero él no dio oportunidad.
“¡Déjenme! ¡¿Qué hacen aquí?! ¡¿Quién los llamó?!” rugió más que hablar. Una tremenda rabia se transparentaba en su voz.
“Nadie nos llamó, hermano. Siempre estaremos ahí”
Gil empezó a reír, para prontamente transformarse en sonora carcajada. “¿Estar ahí? ¿Para qué? ¡No hay nada como estar ahí!”
Tania se acercó para confortar a su amigo pero él la detuvo.
“¡Déjame! ¡no te pedí que vinieras! ¡Ni a ti tampoco!”
Volvió a alejarse un par de pasos, y nuevamente cayó. Pero esta vez no dio tiempo a que alguien se le acercara.
“¿Eso es lo que quieres?”, gritó al cielo “¿Dejarme solo? ¿Acaso no puedo ser feliz? ¿Por qué? ¿Eh? ¡Respóndeme! ¿POR QUÉ?”
El sonido escalofriante del trueno se escuchó como si alguien o algo respondiera a las preguntas del joven. La furia de la tormenta aumentó a niveles insospechados pero Gil permanecía ahí: retador, desafiante. Esperando por una respuesta que sabía no iba a llegar.
“¡¿POR QUÉ?! RESPÓNDEME. ¡¿POR QUÉ?! ACASO... ¿SIEMPRE ME TOCARÁ PERDER? ¿NUNCA HABRÁ PARA MÍ LA OPORTUNIDAD DE SER FELIZ? ¿TE REGOCIJA EL VERME COMO UN PERDEDOR? ¿ESO ES LO QUE SOY? ¿UN PERDEDOR?”
“Oh, Gil”se lamentó Tania, con lágrimas en los ojos. Y se refugió en los brazos de Dom, quien tenía los ojos a punto de estallar en lágrimas.
“¡RESPÓNDEME! ¡¿POR QUÉ?!”
El sonido de otro trueno volvió a dejarse escucharse como respuesta a las interrogantes.
“LA AMO... ¿ME ESCUCHAS? ¡LA AMO! ¿CON QUÉ DERECHO LA APARTAS DE MI LADO? ¿CON QUE DERECHO TE REGOCIA SU DOLOR?”
El viento volvió a atacar con toda su fuerza pero esta vez Gil soportó la embestida. La naturaleza atacó esta vez con toda la fuerza de la que era posible la lluvia pero nuevamente el resultado fue infructuoso. El joven permaneció de pie.
“¿QUÉ VIDA ES ESTA, EH? ACEPTÉ SIN PROTESTAR TODO LO QUE LA VIDA ME PROPORCIONÓ. SUFRÍ POR ELLO PERO MANTUVE LA ESPERANZA. SEGUÍ CREYENDO AUN CUANDO PARECÍA NO HABER RAZÓN PARA HACERLO. CREÍ EN QUE LOS SUEÑOS PODÍAN SER REALES. CREÍ... EN CREER PERO AHORA YA NO VEO CASO EN SEGUIR HACIÉNDOLO. ¿PARA QUÉ CREER? ¿EN QUÉ CREER?... SI AL FINAL TE QUEDARÁS SOLO”
Durante su pequeño monológo, Gil se había llegado frente a su pequeña cafetería. El enorme ventanal se hallaba bajo pesada cortina de agua.
“ENTONCES, DIME, ¿EN QUÉ CREES?... si es que realmente crees en algo...”, y dicho esto sacó un pequeño objeto, aparentemente redondo pero que se adivinaba de gran peso. Lo sostuvo entre los dedos de su mano derecha por unos segundos. Y entonces sin que nadie pudiera predecir lo que sucedería a continuación lo lanzó contra el ventanal. Acto seguido este se hizo añicos ante la mirada atónita de Tania y Dom. Sucedido esto, Gil se venció sobre sus rodillas, la cabeza sobre su pecho,
“Elijo no creer”, murmuró
Tania y Dom no esperaron más para llegar junto a su amigo, prácticamente hermano para ambos. En ese momento, la tormenta no tuvo piedad y se abalanzó sobre el trío como si quisiera borrar su existencia.
El sol salió indicando el final de la tormenta, que así como había iniciado se desvaneció. Dejando como único testigo de su paso enormes estanques de agua que se veían por aquí y por allá, y el brillo lustroso del gris asfalto. Al principio temerosos, las almas que se habían refugiado asomaron las cabezas. Al confirmar que la amenaza no regresaría, el miedo desapareció, y una sonrisa se dibujó en sus rostros. Sonrisa que poco duró ante el espectáculo que se presentaba a sus sorprendidos ojos. Ahí, en medio de la calle, se levantaba lo que sin lugar a dudas no era un montículo de escombro sino la figura de un hombre. Una? No. Otros dos lo acompañaban fundiéndose en una especie de abrazo que a la par que buscaba trasmitir confort también protección. La gente comenzó a rodear al extraño montículo que no mostraba movimiento alguno. El primero en dar señales de vida fue Dom, quien levantó la cabeza pero sin retirar el brazo del cuerpo que estaba protegiendo. Tania le siguió pero tampoco descuidó a la tercera figura.
Arrodillado, claramente vencido, se encontraba Gil. Quién con gruesas lágrimas resbalando por su rostro solo alcanzaba a murmurar:
“¿Por qué creer?...
... por ti...
... Marlene.”
5 AÑOS ANTES DE LOS EVENTOS NARRADOS EN EL CAPÍTULO 1
“Esto te hará sentir mejor”, dijo la encargada de turno, depositando un vaso de té caliente entre las manos de aquella chica. Una vez hecho esto, regresó a su escritorio. Dos oficiales la esperaban en el lugar. “Pobre chica”, murmuró al encontrarse con ellos.
“Sí...”, musitó uno de ellos visiblemente apenado por la situación.
“No pronunció palabra desde el momento que la encontramos y decidimos traerla aquí”, terció el otro oficial.
“Intenté conseguirle un par de mantas para que pudiera cubrirse pero solo hallé una.”
“No te preocupes por mi chamarra. Ella la necesita más que yo.”
“Gracias. Eres un buen hombre”, agradeció la mujer. “Pero ¿quién pudo ser capaz de lastimarla de tal manera? En su rostro hay señal de al menos dos golpes. La parte superior está igual. Además de señales de mordeduras en su pecho, piernas y nalgas. Y no quiero imaginar el resto.”
“Su prometido”, respondió con voz gruesa y perceptiblemente molesto el primer oficial.
“Es lo único que pudo responder”, secundó el otro oficial.
“La boda es en tres días.”
“¡Oh, por Dios!”, exclamó la mujer, asomando pequeños brillos a sus ojos. “¿Cómo...?”
“Encontramos una invitación en el lugar”, y sacaron una hermosa invitación impresa en papel de seda con hermosos retoques añejados que le daban la apariencia de un viejo pergamino. Un pequeño ramillete cerraba aquel cuadro. Las señales de maltrato a aquella pieza de papel eran evidentes. La mujer lo tomó delicadamente entre sus manos y la observó detenidamente por un tiempo. Se alejó del par de oficiales y nuevamente se acercó a ella.
“Yo cuidaré de ti. Aquí no tienes nada de que preocuparte, ¿sí?”, dijo la mujer al tiempo que retiraba el vaso de té, ahora ya frío, y al que se adivinaba intacto en sus contenido, y le tomó de las manos. “Yo cuidaré de ti,... Marlene”






